En la iglesia de Nuestra Señora de la Consolación, en San Cristóbal, el Notariado Dominicano conmemoró su 59.° aniversario bajo la cúpula que pintó Vela Zanetti, mientras los niños de la Primera Comunión recordaban que hay cosas que el tiempo no puede borrar.
San Cristóbal.- Hubo un momento, exactamente cuando las voces se elevaron hacia la cúpula, en que el tiempo pareció detenerse. No era música ensayada ni canto programado: era algo que surgía desde adentro de las piedras mismas de la Iglesia Nuestra Señora de la Consolación, en la benemérita ciudad de San Cristóbal. Como un coro de ángeles —lo dijeron varios de los presentes sin ponerse de acuerdo— las voces llenaron cada rincón del templo, subieron por las columnas y se perdieron en ese cielo pintado que todavía, después de tantos años, huele a pintura fresca.

Porque allí arriba, en la cúpula interior que guarda secretos de luz y sombra, está la obra del gran maestro José Vela Zanetti. Si uno cierra los ojos, puede escuchar el silencio que dejaba el pincel al rozar la superficie, ese trazo delicado y firme que convirtió esta iglesia en una de las más singulares del país. No hace falta imaginar demasiado: la pintura habla sola.
En la primera fila, los notarios. Habían llegado desde distintos rincones de la República, convocados no por obligación, sino por ese impulso que tienen las instituciones cuando saben que merecen ser celebradas. El Colegio Dominicano de Notarios cumplía 59 años, y para este aniversario eligieron hacerlo aquí, en este templo de historia viva, lejos del protocolo frío y cerca de lo que verdaderamente importa.
Al frente de la delegación, el presidente nacional del CODENOT, el doctor Jhon Richard Paniagua Feliz, junto al presidente de la filial en San Cristóbal, el licenciado Hipólito Candelario. A su lado, una nutrida representación de colegas que viajaron desde distintas provincias para estar presentes en este momento. Cuando uno los miraba sentados en esas bancas antiguas, era difícil no pensar en la continuidad: 59 años de fe en el documento, en la palabra escrita con honor, en la función que sostiene los acuerdos entre los hombres.
Fue el padre Cruz Echavarría, cura párroco de este templo, quien tomó la palabra con la serenidad de quien conoce bien el peso de los momentos. Habló del amor. Habló de la pureza de espíritu. Y lo hizo mirando a los niños: aquellos pequeños vestidos de blanco que sostenían sus cirios encendidos con una gravedad conmovedora, conscientes —a su manera— de que algo grande estaba a punto de ocurrirles. Era el día de su Primera Comunión.
Había algo hermoso en esa coincidencia que no era coincidencia: una institución de casi seis décadas y una generación que apenas comenzaba, compartiendo el mismo espacio sagrado, el mismo instante de entrega. Los notarios, custodios de los actos más importantes de la vida civil —nacimientos, matrimonios, herencias, promesas— celebrando junto a niños que ese día hacían su primer acto solemne ante Dios.
Las voces volvieron a elevarse. La cúpula de Vela Zanetti las recibió como siempre lo ha hecho: sin prisa, sin ruido, con esa eternidad callada que tienen las obras que sobreviven a sus autores. Y en la primera fila, los notarios dominicanos cerraron los ojos un momento. Tal vez pensaban en los 59 años transcurridos. Tal vez, simplemente, escuchaban.
San Cristóbal, junio de 2026
