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¿SOY UNA CHAPIADORA?

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A9ksme2CUAARje8-600x300En su edición de este día, leía, un artículo con ese título; igual, por INSTAGRAM, recibí la foto de una joven que anunció la hora a la cual subiría una foto desnuda: en una hora tenía más de mil seguidores. Otra, termino en el siquiatra tras intentar suicidarse luego de que publicara una foto atrevida, sintiéndose bella y, nadie le respondió.

Pensé que el mundo está loco. Pero no es verdad, está igual, sólo que más conectado y, ahora, chismes y quejas de comadres, llegan más lejos, más rápido. La publicación habla de cómo las chapeadoras de hoy, aparentes sustitutas de los cueros de bares, mujeres libres de las ciudades y jóvenes beeper de hace unos años, de las academias, según la autora, quitan los ahorros de la familia. Son, a su decir, carne sin espiritualidad, pero en realidad la publicación esconde un temor: perder la seguridad jurídica del marido, a quien acusa de protector de la Chapeadora, que se atribuye ser, bendecida y afortunada.

Como no conozca a la autora no puedo decir si esconde envidia, puesto que no son pocas las casadas, creo que incluso son más, que han ido al cirujano buscando en su bisturí la bendición que Dios les negó o el tiempo le robó para ser afortunadas con la mirada de los hombres, algunas incluso, con cualquier mirada.

Creo que fui beeper, quizás al menos, estuve a punto de serlo y, esta es la antecesora de la Mega Diva, otra especie en extinción tras ciertos cambios de gobierno: Ojo, que algunas llegaron fueron embajadora. A ellas también se les acusó de ser solo rostros bonitos, sin talento. Muchas curvas y deseos de chocar. El hecho es que, sin la seguridad que otorga una economía familiar sólida, muchas, pasamos privaciones terribles para dejar de ser una buena sentadera en la calle y alcanzar un puesto de igual en la oficina.

Acaba de morir el hombre que no me dejó ser beeper, chapeadora…o algo por el estilo, pero estuve camino de serlo para sobrevivir y triunfar. Pero de él, la autora ya sabemos lo que diría: es un viejo verde que paga por afectos y, su viuda, que no se ocupaba de él, sino de su cuenta corriente, añadiría, es sencillamente un sinvergüenza. Les contaré – por las chapeadoras que no pueden escribir, quizás “porque no tienen cerebro”, pero seguramente porque no disponen del medio-, que, un día iba llorando, mojada y muerta de hambre. Un auto se detuvo y un “señor de cabellos plateados abrió la puerta y me invitó a subir”; estaba segura que me llevaría a un motel y, estaba lista, aunque como dice la biblia, aun no conocía varón.

Extrañamente, no lo hizo. Me llevó a comer, oyó de mi pesadilla, me dio algo de dinero y se marchó.

No supe de él por mucho tiempo, pero pago mis libros y mis estudios. Nunca supe cómo. Yo por mi parte, como todas, en una generación que tiene prohibida la virginidad, la entregué, pero hubiera querido dársela a él, el único que me socorrió sin pedir ni recibir nada. Lamento ese tiempo en que asegurados mis estudios compartí con personas que no valieron la pena.

Sobre todo lamento que siempre pensé en él, en sus ojos, en la seguridad de su voz y, hasta en el color perdido de su pelo. Soy agraciada, mucho, suelen decir los hombres y, notó, que con rabia lo admiten otras mujeres; desde luego que no me anuncio, aunque tengo pocas formas de evitar que mis atributos salgan en una foto y, aunque ya uso algunas carteras de cuero, modestas, veo la carteras que utilizan las señoras, un derroche: ¿UDSD$3,000.00 por una cartera, cargada a la tarjeta del marido y le critican que invite a cenar a una mujer? Las Chapeadoras son una amenaza, pero no al marido, sino a las carteras de la ellas, a sus tardes aburridas de té y de chismes.

A sus banalidades e intrascendencias. ¡Bueno! El hecho es que un día encontré de nuevo a aquel señor y, le saludé. Mostró alegría, su expresión era ahora serena y distante. Luego me alejé y desde mi lugar le observé bastante tiempo, su sonrisa era triste: El traje Oscar de la Renta de su mujer y, su cartera Luis Vuitton, no producían satisfacción.

Nos vimos en algunos lugares, siempre de lejos, con saludos breves hasta que un día le invité a comer: Ya puedo pagarle un almuerzo le dije, déjeme devolverle algo. ¡Sonrió! Por primeva vez y me siguió. Almorzamos. Si testificara hoy, tal vez diría que me cautivó su generosidad, más tarde, su inteligencia y, un día, mucho tiempo después, quedé prendada de su forma de hacer el amor.

Quizá fui Chapeadora, porque me hizo algunos regalos que jamás pedí, que monetariamente, no significaban nada para él, tras cada uno de los cuales, sentí que tras cada pequeño detalle que obsequiaba, era, realmente feliz: era su único momento de felicidad. La Autora del aquel artículo da por sentado que nosotras, las Chapeadoras, bendecidas y afortunadas, solo tenemos busto, grande pero no corazón, hasta omite que nos agrade un ramo de rosas; pero, en mi caso, a ese Señor, Patrocinador o templo, como ella le llamaría, le adore y sin que me dejara nada en su testamento, cada día soy rica por él.

No sé si su viuda le recuerda con una sonrisa, pero yo, cada hora le llevo en mi memoria y, en cada hombre gentil, atento, galante, inteligente y educado, le veo a él y, Chapeadora o no, veo a los demás hombres más pequeños y quizás por eso sigo sola, recordando al hombre con quien estuve solo una vez. Milly Quezada dijo, era Bendecida y agradecida de cantar con Juan Luis Guerra y, yo solo me siento bendecida de haber conocido a aquel Señor.

Dra. Lucila Carmejo.

Tomado de Actualidad Dominicana.

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