La República

Pedigüeños haitianos copan las calles de Santo Domingo

Siguen ahí con sus ojos bien abiertos y sus sonrisas blanquísimas, todavía en esa niñez que les permite ignorar que sus verdaderos padres son el dolor… y la tristeza. Eso, lo sabrán después.

Mientras, uno los ve sonrientes, cruzando de un extremo a otro de la calle Pedro Henríquez Ureña casi esquina Tiradentes, o en la Abraham Lincoln, donde se escamotean de un lado a otro, tocan los cristales de los automóviles para extender sus brazos renegridos, más por la quemazón del sol que por el color de su piel, y decir “deme un pecho” (RD$1.00), o “le dimpio el vidio”.

Son niños haitianos de uno y otro sexo, y se notan ahora más que antes. En algunas esquinas también hay mujeres con bebés cargados sobre sus brazos fláccidos, de vez en cuando también embarazadas, que piden… que buscan alguna dádiva, mientras el sudor que derraman sobre sus pequeños se confunde con lágrimas.

Hay quienes dicen que se trata de un negocio. Que grupos delictivos de dominicanos y de haitianos tienen una “corporación binacional”, que se encarga de distribuir niños y adolescentes en puntos específicos de la ciudad de Santo Domingo y los dedican al arte de herir la sensibilidad de los ciudadanos, pues, que un niño haitiano pida, desamparado e infeliz, es una tragedia que nadie puede evadir, los sentimientos humanos están por encima de todo. Es decir, queda la nebulosa de una posible explotación infantil, con todo lo que esto implica.

Pero el “negocio”, se hace más real, cruel y hasta fotográfico de una realidad descarnada, cuando quienes ejercen el oficio de pedir son madres, muy pobres, también haitianas, que hasta lloran y gimen para decir “yo no tené ná que comé ni dale a mijo”.

Hay quienes se preguntan dónde y en qué condiciones de salubridad e higiene viven estos niños, cuál es su comida diaria si la tienen y otras interrogantes que tal vez sólo Dios pueda conocer.

La situación es más abierta y “democrática” luego del trágico terremoto de siete puntos en la escala de Richter, que devastó la capital de Haití y otras localidades el pasado 12 de enero, causando miles de muertos. A partir de entonces la presencia de estos menores se incrementó, tal vez por el mismo sentido permisivo de la solidaridad.

Sin embargo, surge la pregunta, que si bien puede ser o parecer insolidaria y cruda, no debemos olvidar que se trata de niños: ¿puede un niño criarse en las calles, muchos se preguntaron si esa era la solución.

Los menores, apostados en grupitos que juegan felices en las horas voraces del mediodía en el paseo de cruce peatonal que hay encima del desnivel de la Tiradentes con la 27 de Febrero, que tiran patadas y se entretienen con carcajadas, cuyas figuras de cortas estaturas se materializan, hembras y varones, en los empalmes de la Lincoln, la Lope de Vega, y la Roberto Pastoriza, nos remiten a la pregunta de si los explotan en un mercadeo con la pobreza, o si realmente, se trata de pedigueños que no encuentran otra manera de subsistir en una tierra ajena.

La propuesta oficial
Hay un protocolo cuyos puntos fundamentales son la reintegración familiar de estos niños, la creación de un comité de expertos, que brinde cuidados temporales y alternativos y, se determinaría si en situación de aquellos que no cuentan con familiares puedan ser acogidos en adopción.

UN EXPERTO EN CONDUCTA
Para el siquiatra César Mella Mejías, “es necesario aplicar una evaluación de emergencia que revise esa situación y en la que deben participar el Ministerio de Interior y Policía, la Coordinación Nacional de Niñas, Niños y Adolescentes de la Procuraduría General de la República”. Cree que se debe crear un albergue especial, que tenga como misión dar tratamiento sicológico y de salud integral, alimentación y una cuantificación del total de estos menores, para proceder, posteriormente a construir una especie de detección de los padres, quienes los tengan, para velar por su futuro.

Para este profesional de la conducta, las implicaciones de explotación que conlleva la presencia de los menores en las calles, prefija un futuro oscuro, pues, no es el hábitat adecuado para pasar sus primeros años de vida.

“Esos niños necesitan la inserción en un hogar, la calidez de un hogar que permita alimentar sus espíritus, y desarrollar sus facultades con el debido proceso normal que requiere la formación infantil”. El drama de los infantes haitianos también se observa en otras ciudades del país.

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