OPINION: El gallo no pelea

Por MANUEL NÚÑEZ

«Si me quitan mi conuco, yo peleo

Si me quitan la mujer, yo peleo

Si me quitanmi caballo, yo peleo

Peleo, peleo y peleo»

(Merengue popular)

 

Tras los ataques desproporcionados del Gobierno haitiano en todos los foros internacionales, tras las imputaciones formuladas por el CARICOM y por todos los organismos influidos por la diplomacia haitiana, y a punto de dar un paso trascendental, cuyas consecuencias negativas no han sido suficientemente examinadas ; metidos en la calma chicha del ojo del huracán, los dominicanos calculan que el sacrificio que harán de sus derechos soberanos debería dispensarles unas paces en los frentes abiertos por Haití.

El Presidente ha asumido el proyecto de naturalización. Se multiplican las consultas a políticos y personalidades, algunos son enemigos jurados de la Sentencia 168/13. Los periodistas, sepultureros de la soberanía, se introducen en las consultas para opinar, manipular e intrigar. El Gobierno mantiene en penumbras su decisión. ¿Quién asegura que, tras ceder la soberanía al grupo seleccionado, y obtener una primera concesión va a terminarla guerra que están librando contra nuestra tranquilidad?

Durante todos estos meses el país ha sido desacreditado, maltratado, sometido al acoso nacional e internacional. Su agresor histórico se ha presentado como víctima. Nos ha sometido a una implacable guerra psicológica. Nos ha echado la culpa ante el mundo de su fracaso como nación .Y, en un gesto inexplicable, para obtener la indulgencia del verdugo, el Gobierno se transforma en rehén de su implacable adversario. Se pone al servicio de la dictadura del débil. Es, lo que se ha diagnosticado como síndrome de Estocolmo. La víctima se convierte en peón de su verdugo; le profesa lealtad al agresor. La mujer golpeada defiende a su potencial asesino. Un pueblo digno como el dominicano, movido por una falta de amor propio, prefiere no defenderse de los ataques, de los abusos, de la extorsión, de las amenazas, de los ultrajes contra todas sus instituciones. Y surge en el mando político un sentimiento de simpatía con aquellos que nos han desacreditado internacionalmente, con aquellos que pidieron a PetroCaribe las peores sanciones económicas; con aquellos que han empleado toda su influencia y propaganda para dañar el turismo que llega a nuestro país y para exigir una intervención internacional en nuestros asuntos internos. Y, en esa misma proporción, comienza a desarrollarse un resentimiento contra nosotros mismos, contra el Estado, contra la Constitución y contra el Tribunal Constitucional.  Es decir, contra los mecanismos de defensa de nuestros intereses fundamentales. Es , al mismo tiempo, una capitulación y una catástrofe.

Y después nos preguntaremos ¿ Habrá valido la pena?

Ninguna de esas concesiones le pondrá punto final al conflicto, No van a suspender los ataques ni nos devolverán la paz. Ni los jesuitas ni los traidores ni las ONG ni la Cancillería haitiana que conduce un teatro de titiriteros abandonarán a su víctima. Se equivocan los que crean que la cobardía de un gallo que no pelea, detendrá al gallo que pelea. Están contando con los escrúpulos de su adversario, y se olvidan de su vileza.

El lobo nos pidió la pierna. Hemos aceptado con felicidad arrancarnos todos los dedos del pie. Muy rápidamente devorará los dedos del pie, y volverá a pedirnos la pierna.

Las relaciones entre los dos Estados que comparten esta isla encantada deberían solventarse bajo el principio de la reciprocidad.

1. Fue ese el principio invocado en el Tratado de 1938 y en el Modus Operandi de 1939, cuando se estableció que cada uno de los Estados sería responsable y debería indemnizar al otro si sus poblaciones penetraban el territorio del otro Estado. Es, ese y no otro, el punto de partida de un entendimiento. Conforme al derecho internacional la reciprocidad implica el derecho a la igualdad y el respeto mutuo de los Estados. Se considera un deber moral de los Estados, el no imponerle a otro Estado obligaciones jurídicas que ellos no sean capaces de aceptar en su propio territorio. El principio de reciprocidad no puede contravenir el orden jurídico de cada país ni mellar su soberanía ni la seguridad del orden público ni cualquiera de los intereses fundamentales.

2. En todas las normas del derecho internacional aparece este principio como un símbolo imponente. Esas normas establecen la igualdad del derecho de los pueblos a ejercer su soberanía; la no injerencia en los asuntos internos de los Estados; la prohibición de las amenazas o el uso de la fuerza para contravenir la soberanía interna de los Estados. La regla de oro es que no se concedan ventajas a los haitianos en nuestro país que los dominicanos no tengan en Haití.

Examinemos, aunque sea de pasada, cuáles son los requerimientos que Haití exige a una persona que desee naturalizarse como ciudadano haitiano:

La naturalización en Haití

¿Cuáles son las exigencias que se les plantean a las personas que han de pasar por el proceso de naturalización en Haití?

a) Las leyes haitianas establecen que el extranjero debe tener residencia legal por lo menos durante cinco años, para solicitar el formulario de naturalización. Tradicionalmente han sido (10) años de radicación legal.

b) Permiso de residencia del extranjero

c) CÉdula de identidad de su país

d) Pasaporte

e) Certificado de residencia de un Juez de Paz o Magistrado comunal

f) Certificado de buena conducta expedido por las autoridades

g) Carta dirigida al Ministerio de lo Interior solicitando la naturalización.

La nacionalidad así obtenida puede perderse 1) por ocupar un cargo político en un Gobierno extranjero; 2) por naturalización en otro país o ejercicio de su nacionalidad extranjera; 3) por residir de manera continua en el extranjero por más de tres anos, sin la autorización de las autoridades.

Estas circunstancias nos muestran las enormes cortapisas que los haitianos les imponen al resto del mundo para naturalizarse como haitiano. Durante la jornada Internacional de las migraciones y de los refugiados celebrada el 18 de diciembre del 2012, en el Hotel Plaza de Puerto Príncipe, el entonces Ministro de la diáspora haitiana, Daniel Supplice, nos dejó esta perla:

“En 208 años de independencia el país solo le ha concedido la naturalización a tres personas. (…) Es algo que parece espantoso, tenemos 208 años de independencia y ni siquiera hemos podido otorgar cuatro solicitudes de naturalización. He consultado todos los numero de la gaceta oficial Le Moniteur y solo encontré tres nombres. (…) Tenemos un gran problema como sociedad ¿Podemos considerar que personas como los Sassine, e incluso los sirios, que viven en el país desde 1930 como extranjeros? (Haití Press,  Ali Laroche, 20/12/12)”

¿Cómo han podido producirse esas atrocidades, fundadas en la exclusión racial?.  No se trata de residentes ilegales, sino de personas, privadas del acceso a la nacionalidad por el color de su piel. ¿Puede Haití con semejantes credenciales darnos lecciones de derechos humanos y de respeto de la dignidad de las personas? ¿Le conviene a República Dominicana importar los prejuicios raciales que han desgarrado a esta desafortunada nación? En materia de antirracismo, derechos humanos, tolerancia, respeto por el prójimo, no tenemos absolutamente nada que aprender de los haitianos

Ley especial de naturalización dominicana

Las especialísimas razones que se barajaron para poner sobre el tapete una ley especial de naturalización de extranjeros irregulares, concebida con el objeto de paralizar la guerra diplomática que Haití había desatado contra nuestro país, se fundamentan en dos argumentos igualmente falsos: las razones humanitarias y la inculpación del Estado.

a) Las razones humanitarias

·Se plantea que la nacionalidad se otorgará por razones humanitarias. Es decir, que movidos por la conmiseración, los descendientes de haitianos, que ya tienen la nacionalidad de sus progenitores, serán privados por la fuerza de ese derecho natural, para imponerles la nacionalidad dominicana. ¿Supone semejante consideración que la nacionalidad haitiana es una humillación, equiparable a despojar a una persona de los derechos humanos? ¿por qué debe ser más humanitario ser dominicano que ser haitiano? ¿Qué de humanitario tiene privar a los hijos de la nacionalidad de sus padres? ¿Qué de humanitario tiene suplantar las identidades de las personas, esconder sus orígenes y separar a esas personas de su entronque natural en Haití?

b) La inculpación del Estado dominicano

Se dice que el Estado dominicano es culpable por haberle dado documentos de identidad a estas personas. Ninguna decisión que hayan tomado funcionarios del registro civil de espaldas a la Constitución, a las leyes y las normas del Estado tiene validez. Pretender santificar las prevaricaciones de los empleados y funcionarios en detrimento del cumplimento de la Constitución y las leyes es un desatino. Sobre esa idea absurda, el incumplimiento de ley por parte de un funcionario se pretende culpabilizar al Estado. Pero el Estado, cimiento y base legal donde deben asentarse todas las decisiones que tome el Gobierno, no ha hecho en ningún momento esas concesiones. La mayoría de los casos no nacen del desconocimiento de lo que es norma inmutable que ha de ser observada por el funcionario, sino que nace de la extorsión, del soborno y de las malas artes de los propios inmigrantes indocumentados.

Conclusión

Si los dominicanos respetamos nuestro himno, la bandera, los próceres fundadores, las características de nuestra nacionalidad, tendremos que aplicar un protocolo de naturalización, semejante al que se hace en las naciones respetables, con dos pasos fundamentales:

1. Los candidatos a la naturalización deben, primariamente, recuperar su nacionalidad haitiana.

2. Se le ha de exigir el protocolo de incorporación: dominio de la lengua, conocimiento de las leyes, respeto de la autoridades, certificados de no delincuencia, certificados de salud y juramento solemne de lealtad al Estado bajo cuya bandera se desea vivir definitivamente.

Una vez tengan su nacionalidad haitiana plena y la posibilidad de residir legalmente en el país donde desenvuelven sus vidas, desaparecidas las razones de su angustia, ¿tendrán todos y cada uno el deseo de ser dominicanos?¿Resulta sensato obligarles a ser dominicanos, privarlos para siempre del derecho a la nacionalidad del país con el cual se hallan, indudablemente conectados por vínculos consanguíneos, culturales y afectivos? La naturalización debe ser una proclamación voluntaria.

La primera vocación del extranjero establecido en otro país distinto del suyo es a radicarse legalmente, cumplir con las leyes, adoptar las costumbres del país de acogida, no imponer las suyas. En todo caso, no podría exigir privilegios en el país que lo acoge, de cual carecen los extranjeros en su país de origen.

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